Poco tiempo ha necesitado Alfredo Pérez Rubalcaba para que, reconfortado del pasado Congreso del Partido Socialista, haya comenzado a olvidarse de cuáles son las ideas y las actuaciones que le deben avalar como líder de la oposición. En el primer debate parlamentario con Mariano Rajoy ha demostrado que no va a dejar pasar una sola coma de la política del gobierno.
Rubalcaba no hace gala de sinceridad al poner en duda el déficit con el que se ha encontrado el PP y las medidas que ha tomado para paliar esta situación. Las críticas de guión a la política fiscal europea o la sospechosa coincidencia, según él, de la presentación de los Presupuestos con las elecciones andaluzas, son fuegos de artificio que no conducen a ninguna parte. La oposición socialista debe aprender que su credibilidad dependerá en gran medida de la altura de miras y del sentido común a la hora de hacer política, y no de la demagogia barata que esta sociedad no compra.
Las declaraciones del socialista Francisco Vázquez en la COPE, calificando la propuesta de Rubalcaba de denunciar los Acuerdos Iglesia-Estado como anticlericalismo casposo, son un indicador de los peligros que tiene esta nueva etapa socialista si Rubalcaba opta por la demagogia en lugar de por la responsabilidad.